miércoles, 21 de junio de 2017

EL BIENINTENCIONADO

EL BIENINTENCIONADO[1]        
Alfredo Alfonso Alfalfa era un ser tan piadoso que cada mañana al despertar pensaba en todos los seres que estarían muriendo en ese momento y en todo el sufrimiento que estarían soportando otros animales, humanos o no, en ese preciso instante. Cada mañana recordaba que él era uno de esos seres, que sufría y que, aunque le costaba hacerse a la idea, moriría también como los demás.
Alfredo Alfonso Alfalfa no sólo estaba convencido de que sentir empatía por el resto de los seres era lo correcto, sino que creía firmemente que creer sentir lo que se cree que otros sienten era un rasgo inequívoco e incuestionable de superioridad sobre el resto de seres desaprensivos e incivilizados. 
Alfredo Alfonso Alfalfa pasaba los días agobiado por estos pensamientos, eran su obsesión.
Cierta mañana en que el Sol brillaba, los pájaros cantaban y los insectos volaban sobre la pradera, Alfredo Alfonso Alfalfa salió a dar un paseo. Caminó un buen trecho por el campo mientras sufría por la crueldad del mundo: él pisaba sin querer la hierba, el sol secaba las plantas, los pájaros se comían a los insectos y los insectos se devoraban entre sí y a las plantas. Era una auténtica carnicería. No podía soportarlo. Cansado, se sentó a la sombra de una higuera mientras observaba intranquilo el transitar de una oruga por el tallo de una zarza. ¿Querría comerse la planta aquel malvado insecto? Y, ¡cuánto sufriría la oruga si se pinchaba con las crueles espinas de la zarza!
El mundo estaba loco, todo era contrario a como debería ser. La Naturaleza era muerte y sufrimiento. ¡Cuánto desearía poder evitarlos!       
En esto, Dios (que, como todos los lectores ateos saben, es un señor anciano, alto, melenudo y barbudo, canoso y vestido con sábanas blancas, que vive en las nubes y se pasa la vida creando mundos y cuidando de ellos) apareció frente a él. Se había compadecido de la inmensa compasión del compasivo Alfredo, el cual, de mientras, pensaba para sí: “este dios estúpido y brutal está pisando a las pobres e indefensas hormigas”, Dios, que también pensaba para sí: “¡Mira que tengo mala suerte! haber caído en un hormiguero. ¡Como pican estas condenadas!”, envió un ángel (que, como todo ateo sabe, es un pájaro de cuidado —sobre todo si es el de la guarda— con largos rizos dorados, sexo hermafrodita e insoportablemente encantador) que cogió suavemente a Alfredo y lo elevé al Cielo.          
Ya en el cielo, Dios se acercó a Alfredo Alfonso Alfalfa, que observaba pensativo desde las alturas un mundo lleno de seres malignos, en el cual todos sufrían terribles padecimientos y agonías y a su vez las inflingían a otros, en el que el asesinato y el sadismo eran la norma...
-Alfredo, hijo mío -dijo Dios, que en el fondo era un sentimental- he visto con agrado tu gran piedad. Me ha sorprendido gratamente tu preocupación y dedicación por la vida y el bienestar de los demás seres. En verdad, en verdad te digo que si todos los seres fuesen como tú el mundo sería muy distinto. Alfredo, hijo mío, eres mi ídolo, y para demostrártelo te voy a permitir ser Dios en mi ausencia que tengo que irme a hacer los recados. En tus manos encomiendo el mundo. Tus deseos son órdenes y puedes usar estos instrumentos que ves aquí para llevarlos a cabo.
Y, dicho esto, desapareció dejando a Alfredo en el séptimo cielo.
Alfredo no cabía en sí de gozo. Por fin se le reconocía su valía, por fin alguien (aunque sólo fuera Dios) se daba cuenta de quién era realmente y de para qué había nacido. Dios había tenido una revelación divina. El conocimiento del verdadero carácter suprahumano de Alfredo Alfonso Alfalfa había sido implantado en la mente de Dios por el poder psíquico paranormal del divino Alfredo. El era el Salvador, el Ser Original, Auténtico, Único, Especial e Inigualable que el mundo había estado esperando desde hace millones de años. La evolución había tocado a su fin. Todo había sucedido con una finalidad evidente: él, Alfredo Alfonso Alfalfa, el espíritu más puro, amoroso, perfecto y humilde jamás habido. Era inmejorable, insuperable, el más bueno, el más inteligente, el más mejor... Por fin lo había conseguido, era Dios mismo.  
Alfredo Alfonso Alfalfa se dispuso a desempeñar su nuevo cargo como ser supremo, omnisciente, omnipotente y ubicuo (esto, para los lectores “creyentes”, hace referencia a Dios, no a los santos, mártires y héroes de las diversas “revoluciones”, revueltas, rabietas y pataletas habidas o por haber, ni a 1os intelectualillos, “enteraos” y demás listos de los cojones libertarios, izquierdistas y progresistas más o menos contestatarios, duros y “radicales”, que son legión. Eso sería entrar en otros cuentos). Por fin podría hacer realidad su deseo de acabar con el sufrimiento y la muerte y reparar lo que millones y millones de años de caos, crímenes continuos y luchas encarnizadas habían engendrado: un mundo odioso y sangriento, un espectáculo dantesco y atroz de opresión constante de los seres fuertes sobre los débiles, de violencia de los débiles sobre los más débiles y de agresiones de fuertes grupos de seres débiles sobre débiles seres fuertes.
Decidió por tanto que resucitaría, mediante los superpoderes que la divina alta tecnología le ofrecía, a todos los seres muertos hasta la fecha y que en adelante impediría que cualquier ser dañase a otro y que ningún ser vivo muriese.            
Dicho y hecho. Puso a los ángeles a trabajar y en pocos minutos la maniobra de resurrección e inmunización contra el dolor y la muerte había concluido.
¡Qué feliz estaba! Se había acabado el mal, sólo existía ya el Bien: la vida eterna y la felicidad sin límites. Estaba tan feliz que ni se preocupó de mirar para abajo y ver su gran obra. Al fin y al cabo, los principios teóricos en que se basaba eran impecables, todo encajaba lógicamente a la perfección, lo había diseñado él, ¿para que revisar el resultado?      
En ese preciso instante entró Dios con los pelos y las barbas de punta y echando truenos por la boca y rayos por los ojos.   
-Pero, ¿se puede saber quién ha sido el desgraciado que ha causado semejante desbarajuste?- gritó dirigiéndose al ángel que desempeñaba las funciones de contramaestre de Dios- ¡Se le van a caer las plumas! ¡Lo voy a convertir en figurita para nacimiento!
-¿Qué ha sucedido, compañero?- preguntó Alfredo preocupado por el malestar del que ahora era su colega- ¿Qué es lo que tanto te irrita? Cuéntamelo y seguro que podré hacer algo por ti.
-Echa un vistazo al mundo por el borde de la nube y lo verás- dijo Dios.
Alfredo Alfonso Alfalfa se aproximó a la barandilla de seguridad que rodeaba la cubierta de la nube y observó maravillado y lleno de orgullo su gran obra.            
Allí abajo se apilaban, capa sobre capa, millones, billones, trillones... de seres de las más diversas formas, texturas y tamaños (peludos, emplumados, escamosos, blandos, duros...) formando una masa informe y palpitante de cuerpos en movimiento mezclados con troncos, ramas y hojas y una sustancia viscosa de color indefinible formada por microorganismos, estiércol, orines y materia vegetal en descomposición. Se pisaban y aplastaban unos a otros a causa de la falta de espacio, pero pasara lo que pasara ninguno moría y al momento recuperaban su forma original para volver acto seguido a perderla en otro accidente. Y lo más maravilloso, el tamaño de aquella inmensa bola de vida crecía por momentos pues aunque eran inmortales, los seres vivos seguían reproduciéndose.
-Me ha quedado imponente, ¿verdad?- dijo Alfredo.         
-Así que has sido tú. Has arruinado mi creación. Miles de millones de años manteniendo el equilibrio y vienes tú  y en diez minutos te lo cargas.    
-¿Qué dices? ¿Qué equilibrio? ¿Cuál es el problema?- Alfredo no salía de su asombro; aquel dios idiota no era capaz de reconocer el Bien cuando lo veía.  
-¿No ves que no tienen sitio? ¡Se están aplastando unos a otros!- gritó Dios encolerizado:
-¡Ah!, es sólo eso... bueno, pues los mandamos a otros planetas y ya está.
Dios no acababa de encajar la situación, aquel pequeño hombrecillo bienintencionado era peor que una plaga y encima iba de listillo. Dios tenía la impresión de que el control se le escapaba de las manos.
-Al  ritmo que crecen no habría suficientes planetas en el Universo, y además, si estaban en este planeta y no en otros era por algo. Sólo nos faltaba extender este sindiós por el resto del Universo. Hay que pararlos, ¡ya!           
-Eso está hecho- dijo Alfredo Alfonso Alfalfa con aire de tenerlo todo previsto desde hacía mucho tiempo -Los esterilizamos y sanseacabó. Además para que se estén quietos y no se peleen ni se ataquen unos a otros los encerramos a cada uno por separado, y si hace falta los inmovilizamos y punto. ¿A que es buena idea? Seguro que a ti nunca se te hubiese ocurrido.
Dios estaba perplejo, aquella criaturilla arrogante hecha a su imagen y semejanza (¿o era al revés?; siempre había sospechado que era él quien había sido diseñado y fabricado a imagen y semejanza de algunos humanos como aquel) tenía “solución” para todo. ¡Y qué remedios! Peores que la enfermedad. Y encima se daba unos humos aquel sinvergüenza…
-¡Qué dices insensato! ¿Quién te crees que eres para disponer de la libertad de otros seres y para decidir cuáles deben nacer y procrear y cuáles no? ¿Dios, acaso?   
-Ahora que lo dices, pues sí. Tú me has nombrado tu sustituto.
-Pues te retiro del cargo.
A Dios le iba a dar un mal de un momento a otro. Aquel humanillo le estaba tocando las narices. Era algo totalmente insoportable, incluso para Dios. ¿Qué demonios (¡uy! perdón, quería decir “diantres”) podía haber visto en aquel ser canijo y vanidoso? Menos mal que sabía que Dios es infalible que si no pensaría que se había equivocado.        
-Pues no me da la gana renunciar a él. Eres un viejo imbécil, chocho, decrépito, débil y  pseudopacifista que tolera la maldad. Eres tan incompetente que no has sido capaz de eliminar el dolor y la muerte del mundo y he tenido que venir yo a enseñarte cómo hacer el Bien y a poner orden. Vete ya y deja el puesto a alguien realmente capaz, como yo.    
-Mira hijito, aquí el único imbécil que hay eres tú y quienes como tú se creen que el Mundo es suyo.
Ya no le cabía duda, a pesar de ser Dios, se había equivocado. Tanto texto sagrado, tantos siglos exaltando la Vida, el Amor, la Felicidad... lo único que habían conseguido era crear monstruos como aquel individuo que tenía delante
-¡Fuera de mi nube!
En el acto, un ángel agarró a Alfredo Alfonso Alfalfa por las orejas y lo bajó a tierra. Durante el tiempo que duró el descenso, Dios y los ángeles que estaban de guardia en ese momento deshicieron el desaguisado, dejando el mundo como estaba antes de que Alfredo lo “arreglara”.
Alfredo Alfonso Alfalfa despertó a mediodía al sentir el picotazo de un pérfido tábano que de forma vil y ruin le había tratado de chupar la sangre. Se quedó horrorizado, el mundo seguía siendo una gran sala de torturas, todo había sido un sueño una ilusión. Era un humano de nuevo y aunque obviamente merecía ser Dios por su carácter amable para con las víctimas inocentes e inermes del maltrato y el abuso perpetuos que se daban en la Naturaleza, no lo era. Todo había sido un bonito sueño. La realidad era cruel y esto no era más que otra demostración de ello.
Alfredo Alfonso Alfalfa de repente sintió pánico, cayó en la cuenta del peligro que había corrido quedándose dormido en plena Naturaleza hostil. Cualquier animal depredador y sanguinario podría haberle atacado en un arrebato de furia animal y, con fruición, devorarlo vivo desgarrando sus miembros con sus colmillos y garras mientras engullía su cadáver y bebía su sangre. ¡Oh, qué terrible posibilidad! Estaba aterrado. Menos mal que siempre llevaba su teléfono móvil encima para estos casos de emergencia. Al recordarlo, recuperó la calma y levantándose emprendió el regreso a su casa, que por cierto estaba a menos de trescientos metros de la zona verde en que se encontraba Alfredo. 
Mientras, Dios, en la gloria, hacía frente a una profunda crisis existencial y dudaba de sí mismo, es decir, era agnóstico. Tras entrar en éxtasis místico decidió abandonar su puesto y volverse ateo. Un error lo tiene todo dios, pero un dios que se equivoca tanto lo mejor es que dimita.
Lo más curioso del caso es que a partir de ese momento no se notó en absoluto su ausencia. Todo siguió su curso natural. La muerte continuó siendo el final de la vida individual y un paso más en la evolución de la vida en general, los animales libres siguieron valiéndose del dolor para mantener el contacto con la realidad y evitar daños mayores y, por desgracia, algunos enanos con delirios de grandeza, falta de humildad y fuertes desequilibrios mentales siguieron tratando de poner orden en el orden preexistente que a ellos les quedaba grande, jugando a ser dioses y asegurando que Dios lo quiso así.
¡De los bienintencionados líbranos Señor!






[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2,2004,); © 2004, E=m.c2.

jueves, 8 de junio de 2017

EL BARCO DE LOS TONTOS

EL BARCO DE LOS TONTOS[1]
Por Ted Kaczynski

Érase una vez el capitán y los oficiales de un barco, que estaban tan exageradamente orgullosos de su habilidad como marinos, tan llenos de soberbia y tan engreídos, que se volvieron locos. Pusieron rumbo al norte y navegaron hasta encontrar icebergs y peligrosos témpanos, y aun así siguieron navegando hacia el norte a través de aguas más y más peligrosas, sólo para tener oportunidad de dar cada vez mayores muestras de su pericia como marineros.
   A medida que el buque iba alcanzando mayores latitudes, el descontento crecía entre los pasajeros y los marineros. Comenzaron a reñir entre ellos y a quejarse de las condiciones en que vivían.
   -¡Que me aspen -dijo un experimentado marinero-, si esta no es la peor travesía que he jamás hecho! La cubierta está helada; cuando estoy de guardia, el viento corta incluso a través de la chaqueta; cada vez que arrío el trinquete los dedos están a punto de congelárseme. ¡Y sólo me pagan cinco miserables chelines al mes!
   -¿De qué te quejas? -le contestó una pasajera-. A mí el frío no me deja dormir por la noche. Las mujeres en este barco no reciben tantas mantas como los hombres. ¡No es justo!
   -¡Hijos de la gran chingada! -protestó un marinero mejicano-. Yo sólo cobro la mitad que los marineros anglosajones. Se necesita mucha comida para poder mantenerse caliente en este clima, y yo no estoy recibiendo la parte que me corresponde; a los anglosajones les dan más. Y lo peor de todo es que los oficiales siempre dan las órdenes en inglés en vez de en español.
   -Yo tengo más motivos para protestar que nadie -dijo un marinero que era descendiente de indios americanos-. Si los rostros pálidos no me hubiesen robado las tierras de mis antepasados, yo no estaría siquiera aquí, en este barco, en medio de icebergs y ventiscas árticas. Estaría remando en una canoa sobre la bella y plácida superficie de un lago. Merezco una compensación. El capitán debería, por lo menos, permitirme organizar una partidita para sacar algo de dinero.
   -Ayer el primer oficial me llamó “maricón” sólo porque chupo pollas -se quejó el contramaestre- ¡Tengo derecho a chupar pollas sin que me insulten por ello!
   -¡No sólo los humanos son maltratados en este barco -intervino una pasajera amante de los animales, con la voz estremecida por la indignación-, porque, la semana pasada, vi como el segundo oficial le daba un par de puntapiés al perro del barco!
   -¡Todo esto es espantoso! -exclamó frotándose las manos uno de los pasajeros, que era catedrático-, ¡Es inmoral! ¡Es racismo, sexismo, especismo, homofobia y explotación de la clase obrera! ¡Es discriminación!
   -¡Sí, sí! -gritaron los pasajeros.
   -¡Eso, eso! -gritaron los marineros-. ¡Es discriminación! ¡Tenemos que exigir nuestros derechos!
   -Ejem... -carraspeó el grumete-. Todos tenéis buenas razones para quejaros. Pero me parece que lo que realmente deberíamos hacer es lograr que el barco vire en redondo y ponga rumbo al sur, ya que si continuamos yendo hacia el norte tarde o temprano acabaremos hundiéndonos irremediablemente. Y entonces vuestros sueldos, vuestras mantas y vuestro derecho a chupar pollas no os servirán de nada, porque nos ahogaremos todos.
Pero nadie le prestó atención, pues no era más que un grumete.
   El capitán y los oficiales, desde el puente en el castillo de popa, habían estado observando y escuchando. Ahora sonreían y se lanzaban guiños entre sí. Y a una señal del capitán, el tercer oficial bajó del castillo de popa, se acercó con calma adonde estaban reunidos los pasajeros y los marineros y se abrió paso entre ellos. Puso una cara muy seria y habló como sigue:
   -Los oficiales hemos de admitir que en este barco han estado sucediendo ciertas cosas inexcusables. No nos habíamos dado cuenta de la gravedad de la situación hasta que hemos oído vuestras quejas. Somos gente de buena voluntad y queremos ayudaros. Pero, ya sabéis..., el capitán es bastante conservador y sigue en sus trece. Así que puede que haya que darle un pequeño empujoncito para lograr que acepte hacer cualquier cambio sustancial. Mi opinión personal es que si protestáis vigorosamente -aunque siempre de forma pacífica y sin infringir ninguna de las normas del barco- conseguiréis sacar al capitán de su inercia y forzarle a tener en cuenta vuestras justas quejas.
Dicho esto, el tercer oficial se dirigió de vuelta al castillo de popa. Mientras se alejaba, los pasajeros y los marineros le gritaban:
   -¡Moderado! ¡Reformista! ¡Cobarde liberal! ¡Lameculos!
Pero de todos modos hicieron lo que les dijo. Se juntaron en pelotón frente al castillo de popa, lanzaron insultos contra los oficiales, y exigieron sus derechos:
   -¡Quiero un aumento de salario y mejores condiciones laborales!- gritó el veterano marinero.
      -¡Igual número de mantas para las mujeres que para los hombres!- chilló la pasajera.
      -¡Quiero que me den las órdenes en castellano!- exclamó el marinero mejicano.
      -¡Quiero tener derecho a organizar una partida!- clamó el marinero indio.
      -¡No quiero que me llamen maricón!- vociferó el contramaestre.
      -¡No más patadas al perro!- gritó la amante de los animales.
      -¡Revolución ya!- dijo el catedrático.
El capitán y los oficiales se reunieron y pasaron unos minutos deliberando, mientras se hacían guiños, asentían y se sonreían mutuamente. Entonces el capitán dio unos pasos hacia el frente del castillo de popa y dando grandes muestras de benevolencia, anunció que el sueldo del marinero veterano sería aumentado a seis chelines mensuales; que el sueldo del marinero mejicano sería aumentado hasta dos tercios del sueldo de un marinero anglosajón y que la orden de arriar el trinquete le sería dada en español; que las pasajeras recibirían una manta más; que al marinero indio se le permitiría organizar una partida las noches de los sábados; que el contramaestre no sería llamado maricón siempre y cuando mantuviese estrictamente en privado su afición a chupar pollas; que el perro no recibiría puntapiés a menos que hiciese algo realmente condenable, como por ejemplo robar comida de la cocina del barco.
   Los pasajeros y los marineros celebraron estas concesiones como una gran victoria, pero a la mañana siguiente de nuevo se sentían insatisfechos.
   -Seis chelines al mes es una miseria, y todavía se me hielan los dedos cuando arrío el trinquete -refunfuñó el viejo marinero.
   -Aún no recibo la misma paga que los anglosajones, ni suficiente comida para este clima -dijo el marinero mejicano.
   -Las mujeres aún no tenemos suficientes mantas para mantenernos calientes -dijo la pasajera.
Los otros pasajeros y marineros expresaron quejas similares, y el catedrático les incitaba.
   Cuando al fin se callaron, el grumete habló, más alto esta vez para que los demás no pudiesen ignorarle tan fácilmente:
   -Es realmente terrible que el perro reciba patadas por robar un mendrugo de pan de la cocina; y que las mujeres no tengan tantas mantas como los hombres; y que al marinero más experimentado se le congelen los dedos; y no veo porqué el contramaestre no debería chupar pollas si le gusta hacerlo. Pero, ¡mirad lo grandes que son ya los icebergs, y cómo el viento sopla cada vez más fuerte! ¡Hemos de poner el barco rumbo al sur, porque si seguimos yendo al norte naufragaremos y nos ahogaremos!
   -¡Oh, sí!- dijo el contramaestre-. Es verdaderamente espantoso que sigamos dirigiéndonos al norte. Pero, ¿por qué he de mantener en el armario mi afición a chupar pollas? ¿Por qué han de llamarme maricón? ¿No valgo lo mismo que cualquier otra persona?
   -Navegar hacia el norte es terrible -dijo la pasajera-. Pero, ¿no ves?, esa es precisamente la razón por la que las mujeres necesitamos más mantas para mantenernos calientes. ¡Exijo igual número de mantas para las mujeres ya!
   -Es bien cierto -dijo en catedrático-, que navegar hacia el norte está acarreándonos grandes privaciones a todos nosotros. Pero cambiar de rumbo y dirigirnos al sur es irrealista. No se puede dar marcha atrás a la historia. Hemos de encontrar una forma madura de hacer frente a esta situación.
   -Mirad -dijo el grumete-, si dejamos que esos cuatro chalados del castillo de popa sigan gobernando el barco, nos ahogaremos todos. Si lográsemos poner el barco a salvo, entonces podríamos preocuparnos de las condiciones laborales, las mantas para las mujeres y el derecho a chupar pollas. Pero para eso antes hemos de cambiar el rumbo de este buque. Si algunos de nosotros nos juntásemos, hiciésemos un plan y mostrásemos un poco de coraje, podríamos salvarnos. No haría falta que fuésemos muchos. Seis u ocho bastarían. Podríamos asaltar el castillo de popa, echar a esos lunáticos por la borda y dirigir la nave al sur.
   -No creo en la violencia. Es inmoral -dijo severamente el catedrático alzando la barbilla.
   -El uso de la violencia es siempre contrario a la ética -dijo el contramaestre.
   -Me aterra la violencia -dijo la pasajera.
Mientras, el capitán y los oficiales habían estado observándolo y escuchándolo todo. A una señal del capitán, el tercer oficial bajó a cubierta. Se paseó entre los pasajeros y los marineros, diciéndoles que aún había muchos problemas en el barco.
   -Hemos hecho grandes progresos- dijo-, pero aún queda mucho por hacer. Las condiciones laborales del marinero más veterano aún son duras, el marinero mejicano aún no cobra lo mismo que los anglosajones, las mujeres todavía no reciben las mismas mantas que los hombres, la partida que organiza el indio la noche de los sábados es una pobre compensación por la pérdida de sus tierras, es injusto que el contramaestre tenga que mantener en el armario su afición a chupar pollas, y el perro aún recibe patadas algunas veces. Creo que el capitán necesita otro empujoncito. Sería conveniente que todos vosotros hicieseis otra manifestación de protesta. Siempre y cuando ésta sea noviolenta.
Mientras el tercer oficial caminaba de vuelta hacia la popa, le lanzaban insultos, pero de todos modos hicieron lo que dijo y se juntaron en frente del castillo de popa para realizar otra protesta. Despotricaron y blandieron sus puños, e incluso tiraron al capitán un huevo podrido (el cual esquivó hábilmente).
  Tras oír sus quejas, el capitán y los oficiales se juntaron en una reunión, durante la cual se lanzaron continuamente guiños y sonrisas unos a otros. Después el capitán se aproximó al borde del castillo de popa y anunció que el viejo marinero recibiría un par de guantes para que no se le enfriaran los dedos; que el marinero mejicano recibiría un sueldo correspondiente a las tres cuartas partes del sueldo de un marinero anglosajón; que las mujeres recibirían otra manta más; que el marinero indio podría organizar una partida la noche de los sábados y otra la de los domingos; que al contramaestre se le permitiría chupar pollas en público una vez hubiese anochecido; y que nadie daría puntapiés al perro sin antes tener el permiso del capitán.
   Los pasajeros y los marineros quedaron encantados con esta gran victoria revolucionaria, pero a la mañana siguiente de nuevo se sentían insatisfechos y comenzaron a refunfuñar y a quejarse otra vez.
   El grumete ya estaba harto.
   -¡Malditos imbéciles!- gritó-. ¿Es que no veis lo que el capitán y los oficiales están haciendo? Os mantienen entretenidos con vuestras triviales protestas acerca de los sueldos, las mantas y las patadas al perro, de modo que no penséis acerca del verdadero problema de este barco: está yendo cada vez más al norte y nos vamos a ahogar todos. Si al menos unos pocos de vosotros recuperaseis la cordura, nos uniríamos y asaltaríamos el castillo de popa, podríamos cambiar el rumbo del barco y salvarnos. Pero todo lo que hacéis es gimotear a causa de ridiculeces como las condiciones laborales, las partidas o el derecho a chupar pollas.
   -¡Ridiculeces!- exclamó el mejicano-. ¿Crees que es razonable que yo reciba sólo las tres cuartas partes del sueldo de un marinero anglosajón? ¿Es ridículo quejarse de eso?
   -¿Cómo puedes llamar ridiculez a mi problema?- gritó el contramaestre-. ¡No sabes lo humillante que es que te llamen maricón!
   -¡Dar patadas al perro no es ninguna “ridiculez”!- chilló la amante de los animales-. ¡Es despiadado, cruel e inhumano!
   -Vale, está bien- respondió el grumete-. Estos problemas no son ridiculeces. Patear al perro es cruel e inhumano y es humillante que a uno le llamen maricón. Pero en comparación con nuestro verdadero problema, en comparación con el hecho de que el barco se dirige al norte, vuestros asuntos resultan ridículos, porque si no cambiamos cuanto antes el rumbo de esta nave nos vamos a ahogar todos.
   -¡Fascista!- exclamó el catedrático.
   -¡Contrarrevolucionario!- dijo la pasajera.
Y todos los pasajeros y marineros reaccionaron uno tras otro llamando fascista y contrarrevolucionario al grumete. Le empujaron a un lado y volvieron a refunfuñar y gimotear a causa de sus sueldos, de las mantas de las mujeres, del derecho a chupar pollas y de cómo se trataba al perro. El barco siguió navegando rumbo al norte y al poco  tiempo chocó contra un iceberg y todos se ahogaron.




[1] Traducción de “Ship of Fools” a cargo de Último Reducto a partir del manuscrito original en inglés cedido por el autor. Copyright del original © 1999, Theodore John Kaczynski. Copyright de la presente traducción al español © Último Reducto, 2017. 

martes, 6 de junio de 2017

EL MITO DE ERK

EL MITO DE ERK[1]           
Cuenta la historia que al principio, cuando La Gran Fuerza que da forma al mundo hizo surgir a los primeros animales, uno de ellos llamado Erk, tras observar las cosas que sucedían a su alrededor, se dirigió angustiado a la Gran Fuerza y le lanzó estas preguntas: “¿Por qué ha de ser todo tan duro, tan difícil, tan doloroso...? ¿Por qué es necesario que unos sufran y mueran para que otros vivan? ¿Por qué hemos de luchar unos contra otros? ¿Por qué hay que invertir tantos esfuerzos para conseguir lo necesario para poder seguir viviendo? ¿Por qué no hiciste un mundo más sencillo, más fácil, donde todo fuese más accesible, cómodo y agradable? ¿Qué sentido tiene tanto sufrimiento, tanta incomodidad, tanta muerte?”.  
La Gran Fuerza sabía la respuesta, pero también sabía que Erk sólo la entendería mediante la experiencia directa. Por eso, tras escuchar las quejas de Erk, y aunque La Gran Fuerza sabía que no se había equivocado al diseñar el Mundo, lo cambió para que Erk y su compañeros descubriesen por sí mismos el sentido de las cosas.        
En un primer momento La Gran Fuerza pensó que con unos pequeños cambios bastaría para que se diesen cuenta de la verdad. Así pues, suavizó las condiciones de vida de los seres vivos: moderó el clima para que fuera más benigno para la vida; facilitó el acceso al alimento a los animales; evitó las muertes de los individuos más jóvenes; redujo el número de accidentes, enfermedades y catástrofes así como el sufrimiento que habían de soportar las víctimas... Pero Erk y sus compañeros, tras un breve periodo de euforia, comenzaron de nuevo a quejarse de que en esa nueva versión del Mundo seguía habiendo dolor, de que aún existía la muerte, de que era todavía un mundo hostil, un lugar demasiado duro y difícil para la vida.            
Al ver esto, La Gran Fuerza decidió actuar de forma drástica para abrir los ojos a Erk y sus compañeros. Desde ese momento, todo fue fácil, cómodo, sencillo y agradable. Nadie sufría ni moría, ni necesitaba esforzarse por conseguir lo necesario para vivir. Aquello que se necesitaba se obtenía al instante, sin esfuerzo. Tampoco había que estar alerta ya que no había peligros de los que protegerse, ni daños que temer. No había conflictos ni agresiones ni enfrentamientos de ningún tipo entre los animales, ni entre éstos y su entorno. El mundo estaba en paz. Parecía maravilloso.
Pero tras la alegría inicial, comenzó a surgir un nuevo sentimiento muy desagradable, síntoma de un gran problema allá donde no había problemas, un profundo malestar en medio de aquél
bienestar: el aburrimiento. Debido a la falta de motivación, de iniciativa, de metas, de alicientes, de retos, de actividades..., a causa de la indolencia imperante en esas condiciones idílicas, los animales se aburrían. Como no necesitaban esforzarse por nada, preocuparse por nada... no tenían nada que mereciese 1a pena, no tenían nada que hacer, nada que les motivase, que les empujase a levantarse de su sopor y actuar. Pero, sin embargo, seguían siendo animales y por eso sentían en su interior una imperiosa necesidad de actuar. Y por tanto, resultó que al poco tiempo, los animales estaban tan aburridos y asqueados de ese estado de inactividad que, con tal de poder hacer algo y desfogar su instintiva necesidad de acción, comenzaron a desarrollar conductas absurdas y que nada tenían que ver con las que en un principio desarrollaban antes de que Erk hablase con La Gran Fuerza. Como tenían todo lo que necesitaban comenzaron a desear otras cosas que no necesitaban sólo para poder actuar y esforzarse en conseguirlas. Comenzaron así a construir, destruir, excavar, comer, copular, correr, agredirse… de forma compulsiva y frenética y, como consecuencia, muchos vieron seriamente entorpecida su capacidad de actuación, sufrieron daños graves y alteraron profundamente su hábitat; pero no dejaron de comportarse así, ya que, sencillamente, preferían sufrir todas esas consecuencias antes que soportar el aburrimiento de no tener nada que hacer; al menos esos efectos negativos les proporcionaban estímulos y sensaciones que mantenían en funcionamiento sus cuerpos y mentes y les servían a su vez de impulso para actuar de nuevo con la excusa de intentar paliarlos.         
Al ver todo aquello, Erk finalmente comprendió. Volvió a dirigirse a La Gran Fuerza y le dijo: “He entendido cual era el sentido del mundo tal y como lo creaste en un principio. He entendido que así debe ser y no del modo que a mí me parecía más agradable, porque realmente ese es el mejor modo en que puede ser. He comprendido que cuando yo no le veía sentido a ese mundo era a causa de mi propia debilidad e ignorancia, a que no miraba de la forma adecuada ni pensaba correctamente. Me he dejado arrastrar por un espejismo y he renegado de lo que realmente soy y del mundo al que realmente pertenezco. Ahora lo sé, soy más fuerte y jamás volveré a caer en ese error. Gracias, he aprendido la lección, pero ahora, por favor, devuelve el mundo a su ser original
Viendo que ya había logrado su objetivo, La Gran Fuerza hizo que todo volviese a ser como al principio.
Así fue como Erk entendió cual era su lugar en el mundo y en la vida, así como el sentido de los mismos. Desde entonces, los animales salvajes mantenemos vivo el recuerdo de aquel suceso, generación tras generación para que, como Erk, recordemos cuál es nuestro lugar y nuestra función y no caigamos en su mismo error.           
Y aun así, a pesar de todo, muchos seres humanos han olvidado completamente la historia de Erk y viven cegados por su mismo error, tratando de crear el Paraíso y hundiéndose, ellos y el mundo, cada vez más en el Infierno.



[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2,2004). © 2004, E=m.c2.


English version: The Myth of Erk