miércoles, 24 de mayo de 2017

LAS TERMITAS

LAS TERMITAS [1]   
Soy una termita.          
Mucho antes de que yo naciese, las termitas ya vivían en el Árbol Viejo. Según cuentan, al principio eran unos pocos insectos en un roble de varios metros de perímetro y muchos más de altura.
Hoy en día somos miles de millones de termitas. Estamos distribuidas a lo largo de la práctica totalidad del tronco y las ramas. Nuestra sociedad crece exponencialmente, cada generación más y más rápido. Y todo gracias a la rica madera del Árbol Viejo.
Este constante progreso hace que, en general, en el termitero se mantenga un ambiente de optimismo y alegría que a su vez favorece aún más el buen funcionamiento, organización y crecimiento de la colonia. Y sin embargo, en el fondo, ninguna termita está realmente satisfecha.
Algunas llevan ya generaciones diciendo que el Árbol Viejo pertenece a las obreras y que son ellas las que deben administrarlo, o incluso disfrutar de él en exclusiva. Dicen que el problema es que la reina, la corte y los soldados son parásitos que viven a costa de las obreras y que acumulan serrín mientras las obreras pasan hambre.  
Pero yo que conozco bien a estas quejicas sé que en realidad sólo las mueve la envidia y el odio debidos a la frustración por no poder hacer ellas otro tanto.           
Yo también pienso que la reina, la corte y los soldados son parásitos innecesarios, pero también sé que no son más que una pequeña parte del verdadero problema, o mejor dicho, una mera consecuencia del mismo.
Sé que aunque las obreras no puedan comer la mejor madera, ni acumular tanto serrín como las clases altas, prácticamente todas ellas aspiran a poder hacer lo mismo; sueñan con conseguirlo, y la mayoría viven relativamente “felices” y “contentas” mientras les permitan trabajar para intentarlo.
Sé que, en el fondo, la inmensa mayoría de los miles de millares de insectos que forman la colonia tiene una misma idea, una misma meta: comer y acumular más y mejor madera (mucha más de la necesaria). Aunque eso signifique que, como no hay suficiente para acumular todas, muchas se quedarán sin ver satisfecho su sueño, y que, de entre éstas, muchas protestarán y echarán la culpa a quienes consigan acumular más (que, por cierto, nunca será suficiente para ninguna de ellas).         
Pero el problema real es precisamente ese afán imparable de crecer y reducir el tronco y las ramas del Árbol Viejo a virutas utilizables por la colonia. Están todas tan cegadas por las ansias de prosperar en su acumulación que no son capaces de ver lo que está pasando: el Árbol Viejo se está muriendo. Sus últimas partes vitales están viéndose afectadas por la actividad constante y creciente del termitero.     
Cuando llegamos al Roble, cuentan las crónicas, vivían, en él muchos otros seres. Su tronco y ramas albergaban toda clase de seres vivos, nosotros éramos una especie más.
Pero en algún momento la situación comenzó a cambiar. Algunos termiteros comenzaron a ser muy grandes y a establecer una red de colonias a lo largo del tronco. Necesitaban espacio y alimento y comenzaron a expulsar y a exterminar a otras especies que vivían en el Árbol. A algunas las hicieron esclavas y las aprovecharon para prosperar y acumular más. No corrieron mejor suerte algunas pequeñas colonias de termitas que vivían al margen de la red de termiteros en las zonas más alejadas del tronco.
Para que la red de colonias no se viniese abajo fueron necesarios no sólo un crecimiento y expansión constantes de la misma a otras partes del Árbol aun no colonizadas, sino que a la vez hubo que ir estructurando y regulando progresivamente la vida de los insectos que formaban parte de ella. Así se llegó a la actual forma de organización social en clases y subclases (reina, corte, soldados y obreras), y a la programación ideológica basada en la prosperidad como meta incuestionable, es decir, en considerar que el sentido natural de la existencia de las termitas es y debe ser trabajar para poder comer y acumular más de lo necesario.      
Así, poco a poco, la red de termiteros se fue haciendo más compacta, hasta ser lo que es hoy en día: una monstruosa colonia única que abarca la práctica totalidad del Árbol Viejo.
Pero todo este crecimiento, este progreso, se ha construido a costa, no ya del exterminio, la esclavitud y la imposición de una determinada forma de pensamiento, acción y organización social, sino también a costa de la colonización y reducción del Árbol Viejo a serrín y estiércol.           
Algunas termitas parecen haberse dado cuenta de este problema, pero esta impresión no suele ser más que un mero espejismo.
Unas, siguiendo la línea de sus abuelas, culpan en exclusiva a la reina, la corte y los soldados de la esquilmación del Árbol Viejo, olvidando que la colonia, y la destrucción que ésta acarrea, está siendo mantenida y desarrollada por el trabajo y el consumo de las propias obreras, y que prácticamente ninguna de las obreras del cada vez mayor centro de la colonia trabaja sólo para comer y mantenerse viva, sino que casi todas (incluidas estas “descontentas”) comparten con los nobles y soldados el irrefrenable deseo de comer más de lo necesario y acumular todo lo posible.       
Otras no culpan a nadie; sólo piden a las clases dirigentes del termitero que tomen medidas para evitar la destrucción. Y, por supuesto, entre petición y petición, siguen trabajando para poder comer y acumular más y más serrín y virutas.
Y también casi todas ellas, tanto las que quieren más pero no pueden, como las que exigen medidas (a veces son las mismas), no se plantean ni por un momento que la Colonia deba dejar de crecer, que el verdadero problema, del que derivan el resto, es que hemos creado una sociedad de insectos, demasiado grande y exigente para nuestra verdadera forma de ser y para la salud y el tamaño limitado del Árbol Viejo.
A medio camino entre las nobles y las obreras, está la casta de las ingenieras, que constantemente plantean soluciones técnicas a los problemas para poder continuar con el desarrollo de la colonia.
Entre éstas cada vez, hay mas que creen posible llegar a un equilibrio entre el crecimiento de la colonia, el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad en el termitero y la conservación del Árbol Viejo. Llaman al conjunto de sus teorías “crecimiento mantenible”, y dicen estar poniéndolas en práctica ya. Hablan de recuperar los desechos de la colonia y de mantener (e incluso incrementar) la producción de serrín y viruta controlando y dirigiendo artificialmente el crecimiento del Roble, siempre eso sí, sustituyendo la madera, las ramas, las hojas... originales por nuevos materiales renovables. Y para conseguir esto ingenian métodos de lo más diverso, pero jamás plantean reducir verdaderamente al mínimo el consumo de madera ni parar e invertir el crecimiento de la colonia.
En realidad sus métodos de renovación y sostenibilidad no sirven para salvar lo que queda del Árbol Viejo (ni tampoco lo pretenden realmente), sino sólo para ocultar su destrucción y perpetuar el desarrollo de la colonia.     
Incluso, muchas ingenieras plantean y estudian la posibilidad de extender la colonia a otros árboles, algunos de ellos tan lejanos que apenas podemos verlos desde aquí, o incluso de crear “árboles” artificiales, termiteros en medio de la nada, a los que enviar la población excedente. Y todo esto, a la vez que hablan de rediseñar nuestra especie (y otras) para adaptarla a las condiciones de esos nuevos entornos allí, o del propio entorno degradado de lo que queda del Viejo Árbol aquí.
Las ingenieras son una casta increíble; son capaces de presentar, estudiar y trabajar seria, fría y metódicamente las ideas más inverosímiles, disparatadas, abominables y alucinantes de tal modo que parezca, no sólo que son sensatas y que tienen fundamento, sino que son lo ideal, lo más deseable, lo mejor que podemos y debemos intentar lograr. Y hasta ahora han conseguido que el termitero siga creciendo. Por eso, el resto de las termitas, desde las nobles a las obreras, y desde las más “felices” con su situación a las más descontentas, tiene a las ingenieras en gran estima y confía en ellas, tomando sus teorías y proyectos como referente y modelo a seguir, y como fuente de la que obtener la esperanza necesaria para seguir lanzándose con energía y alegría a desarrollar el termitero y a acumular más serrín.
Pero casi ninguna termita se para a reflexionar en serio acerca del precio de todo ese progreso. De hecho, la inmensa mayoría cree que no tiene precio, que sólo aporta ventajas a la hora de acumular viruta. Pero algunas sabemos que no es así, y que el precio que se ha pagado, se esta pagando y se pagará, es muy superior en realidad a las presuntas ventajas que se supone nos aporta. 
La colonia es ya lo único, el único mundo que queda para las termitas que vivimos hoy. El Árbol, del que un día fuimos una minúscula parte, es hoy un mero apéndice de la colonia; pronto puede que ni eso.
Y sin embargo, las termitas de hoy seguimos siendo básicamente como aquellas primeras termitas que vivían al principio en el Árbol Viejo, cuando aún no había un único termitero (ni siquiera una red de grandes colonias) que lo ocupase en su totalidad, sino unos cuantos termiteros pequeños distribuidos por todo el Árbol, el cual compartían con otros muchos seres. Y es por esto por lo que sentimos que algo nos falta: por eso no estamos nunca realmente satisfechas; y por eso sentimos que necesitamos crecer, comer, acumular... porque actuar así acapara nuestra atención y nos evita tener que afrontar lo que realmente somos, lo que realmente necesitamos, en que nos hemos convertido y en que hemos transformado el Árbol del cual siempre hemos sido y seremos parte.       
Yo que sé todas estas cosas, como también en el fondo las saben todas las demás termitas, soy una de las pocas que (aún no acabo de saber por qué) sí se han parado a pensar seriamente acerca de ellas. En la actualidad nadie quiere oír lo que esas pocas tenemos que decir. Nadie quiere recordar. Nadie quiere enfrentarse al dogma del crecimiento. Están todas ocupadas en cosas más importantes, según dicen. No tienen tiempo. Y cuando lo tienen no quieren agobiarse con esas preocupaciones tan “ridículas”; prefieren otras más ridículas aún, como, por ejemplo, tratar de crecer y acumular, mantener el crecimiento a toda costa o protestar porque no pueden crecer y acumular tanto como otras. Y todo esto para no tener que pararse a pensar en lo que os acabo de contar.    
De todos modos, no os preocupéis, vosotros sois seres humanos y esto sólo son problemillas de insectos.





[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2,2004,); © 2004, E=m.c2.

sábado, 13 de mayo de 2017

LA OVEJA NEGRA Y EL LOBO

LA OVEJA NEGRA Y EL LOBO[1]
Libertia era una oveja joven pero, al contrario que las demás ovejas del rebaño, ella había nacido de color negro. Y el color era sólo una de sus peculiaridades.
Su carácter era también diferente del de las ovejas blancas. No era tan dócil como sus compañeras. No bajaba la cabeza y se apretujaba contra las demás a la hora de la siesta, ella prefería dar paseos por las inmediaciones en lugar de quedarse amodorrada. Y a la hora de moverse con el rebaño, ella solía adelantarse o quedarse rezagada, o bien salirse de la vereda, haciendo que el pastor y los perros se irritasen y tuviesen que estar siempre corriendo detrás de ella para devolverla a la cañada. Y al volver al redil, al, anochecer, ella era siempre la última y se hacía la remolona de tal modo que el pastor solía tener que amenazarla a gritos blandiendo la cayada y hacerla entrar a empujones y patadas. A veces, se revolvía contra el pastor o los perros y amenazaba con darles un testarazo; e incluso alguna vez lo había hecho. Otras veces, si el pastor se despistaba, se le cagaba y meaba encima de la manta y del morral. Y, con frecuencia, cuando estaba con el resto del rebaño y se aburría, pensaba acerca de las cosas y trataba de explicar a las otras ovejas que era una injusticia que a ellas el pastor no las tratase tan bien como trataba a sus otros animales; que no las acariciase como hacía con los perros que no las diese nada de comer más que la hierba que encontraban en el campo al, contrario que hacía la familia del pastor con el ganado vacuno, al que daban heno y cebada; que no las llevase de paseo al pueblo como hacía con la burra... Y al oírla las otras dejaban de pacer por un momento, levantaban la cabeza, la miraban inexpresivamente y
volvían a pacer, igual que hacían cuando, durante una tormenta, el monótono sonido de la lluvia era interrumpido por un trueno lejano.        
A causa de todos estos rasgos especiales, tan atípicos en una oveja, Libertia se veía a sí misma como una rebelde y se sentía afortunada porque pensaba que ella se había liberado de los prejuicios que a las demás ovejas les impedían ver. Creía que ella era realmente libre.     
Esto fue así hasta que un día, cuando el rebaño estaba en los pastos de verano de las tierras altas de las montañas y tanto las ovejas como el pastor y los perros sesteaban bajo el sol de finales de junio, Libertia, que estaba recorriendo los alrededores como tenía por costumbre, se topó con un animal extraño que estaba tumbado a la sombra de un gran roble. En principio lo tomó por un perro, pues su aspecto era tal, y tranquilamente intercambiaron saludos:
-¡Hola!
-¡Buenas!
-¿Estás vigilando algún rebaño por los alrededores?- preguntó Libertia.       
-De momento no. Por cierto, oveja, ¿no crees que estás un poco lejos de tu rebaño? Podrías perderte.
-No te creas- dijo la oveja ufana -Yo no soy una oveja convencional, soy una oveja negra, voy por libre.  
Al oír esto el desconocido soltó una carcajada que dejó al descubierto unas fauces llenas de afilados dientes y dos pares de grandes colmillos. Libertia al verlos se asustó y, de repente, cayó en la cuenta de que aquel animal parecido a un perro era lo que las ovejas más viejas y los perros del pastor llamaban “lobo”. Iba ya a salir corriendo cuando el lobo le dijo con una sonrisa:
-No huyas, no te voy a hacer daño. Acabo de comerme a una como tú hace un rato al otro lado de los montes. No tengo hambre aún.  
    Me has caído bien y por eso voy a enseñarte algunas cosas acerca de ti misma que tú no sabes.
Libertia, al ver que el lobo no se movía y que realmente no parecía tener intención de atacarla, se tranquilizó un poco y puso cara de interés.         
-¿Qué me puedes enseñar tú que yo ya no sepa?- le contestó.            
-Soy un lobo viejo, no lo olvides, y si de algo sé es de ovejas, porque he matado y devorado muchas en toda mi vida.      
-Vale, pero yo no soy una oveja normal, soy una oveja negra.
-Negra o blanca lo mismo da; en el fondo eres una oveja. Tú presumes de ser independiente, libre… pero no eres capaz de alejarte mucho del rebaño, de abandonarlo realmente, ¿me equivoco? ¿Has pasado algún tiempo lejos del rebaño tu sola? ¿Lo has intentado? ¿A que no? Ni siquiera se te ha pasado por la cabeza.
Miraba a Libertia con sus ojos rasgados de lobo y una mirada severa, y ella callaba y bajaba la mirada en un silencio más que elocuente.
-A ti te basta con darte un paseo durante la hora de la siesta, eso sí, sin perder a las demás ovejas ni al pastor y sus perros de vista; con salirte a la cuneta del camino cuando el rebaño se traslada, pero sin dejar nunca de acabar yendo a donde van todas las demás ovejas; y, en general, con darle un poco más de guerra y trabajo a los perros y a tu amo. Con eso te crees libre y rebelde, pero, en realidad, sigues siendo esclava, sigues formando parte de ese rebaño del que ni puedes ni quieres escapar, sigues siendo una oveja, rara y negra, pero oveja al fin y al cabo.           
    No eres ni un muflón, ni un corzo, ni un ciervo, ni un jabalí, ni una cabra montés, ni un zorro, ni un oso, ni cualquiera de los animales salvajes que habitamos estos montes y somos realmente libres.
    Nosotros despreciamos los cuidados y el afecto de los amos y la comodidad de una vida de esclavos y cautivos, y lo que apreciamos realmente es la vida libre y salvaje que llevamos aquí. Tú, sin embargo, no sabes ni puedes saber, lo que es la libertad, y envidias el pienso que tu amo da a sus vacas y las caricias y el aprecio que da a sus perros, porque eres tan esclava como ellos, y siempre lo serás, porque no eres más que una oveja que no quiere dejar de ser oveja y cree que es bastante con ser negra.           
    Has de saber que si el pastor aun no se ha desecho de ti y soporta tus extravagancias es porque le eres útil. Los rebaños con ovejas negras y blancas son más resistentes a las enfermedades que los rebaños con ovejas blancas solamente. Estos últimos, con el tiempo, tienden a degenerar y extinguirse. De hecho, al otro lado de las montañas, donde la ganadería está mucho más avanzada que aquí, los rebaños están compuestos en su mayoría por ovejas negras y grises porque la mezcla de ovejas de distintos colores para oscurecer el pelaje de sus descendientes asegura la futura salud, resistencia y producción del rebaño, aunque sea menos sencillo de manejar.
    Y ahora, vuelve con tus semejantes antes de que vuelva a tener hambre y me arrepienta de no haberte degollado.         
Y Libertia volvió al rebaño con la cabeza gacha. Y siguió siendo negra, claro está; y tampoco dejó de actuar de forma excéntrica de vez en cuando (al fin y al cabo era una oveja negra y no podía evitar ser un poco estrafalaria), pero no olvidó nunca la verdad de las palabras del lobo: las ovejas negras siguen sin ser más que ovejas, miembros del rebaño.





[1] Cuento extraído de Historias desde el Lado Oscuro (E=m.c2, 2004); © 2004, E=m.c2.  

miércoles, 10 de mayo de 2017

UN COMENTARIO ACERCA DEL VERTIDO DE PETRÓLEO EN EL GOLFO DE MÉXICO

UN COMENTARIO ACERCA DEL VERTIDO DE PETRÓLEO EN EL GOLFO DE MÉXICO. a



La mayoría de la gente culpa del desastre a British Petroleum, a la industria del petróleo o a las grandes corporaciones en general. Es cierto, por supuesto, que las multinacionales son codiciosas, despiadadas y deshonestas, y que la industria del petróleo, y British Petroleum en particular, tiene la responsabilidad inmediata de lo que está sucediendo en el Golfo de México.

Sin embargo, a medida que la tecnología moderna continúe progresando, se irán produciendo desastres artificialmente provocados, de un tipo u otro. La supervisión, por muy estricta que sea, nunca podrá evitar totalmente dichos desastres. No sólo porque siempre existirán la irresponsabilidad, la negligencia y los errores, sino también porque la introducción de una nueva tecnología inevitablemente acarrea consecuencias que nadie puede predecir de antemano, por muy cuidadosa y responsablemente que dicha introducción sea realizada[1]. Éste es el motivo de que los desastres habitualmente provengan de causas insospechadas. Y cuanto mayor sea el potencial aportado por la tecnología, mayores serán los desastres que se produzcan.[2]

Así que aunque la causa inmediata del desastre del Golfo de México es la negligencia por parte de British Petroleum, la causa subyacente es la propia tecnología moderna en sí. La gente comete el error de ver los problemas modernos de forma aislada: se produce un desastre en el Golfo de México, por tanto, hemos de ser más estrictos con las compañías petroleras; la tasa de depresión clínica continúa aumentando, por tanto, hemos de encontrar mejores terapias; el planeta se calienta, por tanto, hemos de desarrollar nuevas formas de producir electricidad; etc. Es necesario que la gente tenga en cuenta el hecho de que dichos problemas, y prácticamente la totalidad de los problemas más graves de los tiempos modernos, son consecuencias directas o indirectas del progreso tecnológico.[3] A medida que la tecnología avance, iremos quedando cada vez más atrapados por los problemas, y no nos libraremos de dichos problemas hasta que no nos deshagamos del sistema tecnológico en su conjunto. Si no nos libramos del sistema tecnológico, él se librará de nosotros, antes o después.

Ted Kaczynski
10 de junio del 2010.



Notas:

a Traducción de "A comment on the Oil Spill" a cargo de Último Reducto. Nota del traductor.
[1] Technological Slavery, Theodore John Kaczynski, Feral House, 2010, páginas 93 y 212. The Road to Revolution, Theodore John Kaczynski, Xenia, 2008, páginas 78-79, 177-178. [Las páginas citadas se corresponden con las páginas 119-120 y 73, respectivamente, de las siguientes ediciones en castellano: La Sociedad Industrial y Su Futuro,Ediciones Isumatag, en prensa y “La Revolución que Viene”, en Textos de Ted Kaczynski, Último Reducto (Ed.), 2005. N. del t.
[2] Technological Slavery, página 278. The Road to Revolution, página 236.
[3] Technological Slavery, página 268. The Road to Revolution, páginas. 224-225.